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Un libro sobre alfajores

Breve comentario a la publicación de «En busca del alfajor perdido», un libro escrito —increíblemente— por el mismísimo autor de este blog.

Los pocos lectores que tuvo alguna vez este blog, especialmente en sus primeras dos versiones, al principio como un desprendimiento de Blogger (elalfajorperdido.blogspot.com), luego como una imperceptible ramificación de WordPress (el WordPress pago: elalfajorperdido.wordpress.com), celebrarían esta noticia, que es la consagración del escritor más marginal dentro del mundo de los escritores (que es, ya de por sí, bastante marginal), el escritor no-reconocido, el escritor sin aura: el autor de entradas, de posts, ése que en sociedad recibe el insípido y no menos despectivo título de blogger, o aun peor: bloguero.

Cuestiones formales: el libro se titula En busca del alfajor perdido y fue editado por Planeta. Acá puede conseguirse en formato epub, y en cualquier librería en formato papel. Si tuviera que definirlo someramente, diría que se compone de tres enfoques: uno historiográfico, otro periodístico-cronístico, otro ensayístico-delirante.

La portada, ilustrada por Flopa

El primer capítulo constituye un indudable aporte —de qué magnitud, eso lo decidirán ustedes, mis invisibles lectores; o en otros términos, la posteridad— al campo de la investigación alfajorera, que si bien en su vertiente española data de antiguo (podemos señalar un archicitado artículo del Doctor Thebussem), anda en pañales y se caga encima en su inflexión nacional. En la magra lista de antecedentes figuran las obras de Mario Silveira, Cocina y comidas en el Río de la Plata (2005) y la de Jorge D’Agostini, Alfajor argentino. Historia de un ícono (2017). La primera resultó de gran utilidad para la segunda, y la segunda para la tercera, aunque en mi propio libro le rinda tan escueto tributo. El trabajo de D’Agostini carece de ambiciones explicativas y de pasión conjetural, pero a cambio de su modestia (que, bien mirada, deberíamos agradecer), nos ofrece una enjundiosa compilación de fuentes. A éstas añadí muchas más (aunque omití negligentemente otras), de fácil acceso a pesar del imperdonable desdén bibliográfico de que adolecen mis páginas. La mayor parte de ellas son auténticos descubrimientos; otras, las que proceden de Caras y caretas, habían sido seguramente escrutadas por Daniel Balmaceda (La comida en la historia argentina, 2016), un historiador que adhiere a la extraña idea de que plasmar el conocimiento como si fuera infuso, omitiendo alevosamente toda referencia, es la manera correcta de hacer historia (hasta tal punto llega la fobia de los best-sellers al academicismo: ¡ni una nota al pie!). Además de las fuentes que hallé, en parte gracias a la Biblioteca Nacional y a otras pesquisas, pero sobre todo a Google, me permití el atrevimiento impune de elaborar numerosas hipótesis. Sostengo, a más de un año de haberlas esbozado, que la mayoría son fundadas y resultarán útiles a las investigaciones venideras. Algunas, las más sólidas, estaban ahí, a la vista de todo el mundo, y sólo el abandono en que por tanto tiempo ha permanecido este campo de estudios explican el hecho de que hasta el momento de la publicación de En busca del alfajor perdido no hubieran sido formuladas. Este mismo abandono es el que me ha permitido lanzarme a la aventura de la reconstrucción histórica con plena libertad e inconsciencia. Hallé ante a mí un terreno fértil, prácticamente virgen, y no lo desaproveché.

El resto de los capítulos persiguen mayormente el no tan loable propósito del entretenimiento. De su valor, por ende, muy poco puedo decir. Algunos padecen repeticiones exasperantes y errores imperdonables. Con todo, creo que este libro es el primer intento de abordar un asunto tan multidimensional, tan monstruoso y significativo (cultural y económicamente hablando), de un modo más o menos coherente y unificado, integrando las piezas en un esquema global, que aspiré a revelar en el último de los capítulos (para mi desgracia, puede que sea algo narcotizante). Por eso lo creo, a pesar de sus defectos, de sus yerros (como diría un prólogo renacentista), que a ciertos lectores podrá serles grato y valioso.

Por lo demás, la edición y las ilustraciones de Flopa son realmente bellas, en disidencia con las páginas que encierran y adornan.