Dislates 

La leche cuajada de La Martona

En 2002 la editorial Emecé publicó Museo, una serie de relatos inéditos escritos a dos manos por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en una edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi. El libro comenzaba con un texto cuya existencia era conocida, pero al que pocos, casi nadie, había podido acceder. Su título era “La Leche Cuajada de La Martona. Estudio dietético sobre las leches ácidas”, y se trataba del primer trabajo compuesto en conjunto por ambos escritores, tal como había mencionado Bioy en varios reportajes: “En 1935 o 36 fuimos a pasar una semana a una estancia en Pardo, con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban llamas de eucaliptos. Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivalía a años de trabajo”. Las palabras pertenecen a un fragmento —que puede leerse aquí— de su autobiografía. Más tarde la historia volvería a ser relatada por Bioy, en una nota reproducida por Museo: “En el año 1937 un tío mío, Miguel Casares, vicepresidente de La Martona, me encargó que escribiera un folleto sobre las virtudes terapéuticas y saludables del yogur. Enseguida le pregunté a Borges si quería colaborar, y me contestó que sí. Pagaban mejor ese trabajo que cualquier colaboración que hacíamos en los diarios. Nos fuimos los dos a Pardo, Cuartel VII del Partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. Era invierno. Hacía mucho frío. Trabajamos ocho días. La casa —que era de mis antepasados— tenía sólo dos o tres cuartos habitables. Pero para mí era como volver al ‘paraíso perdido’ de mi niñez, en medio de los grandes jarrones con plantas, y el piano. Me acuerdo que tomábamos todo el tiempo cocoa bien cargada —que hacíamos con agua, no con leche— y que bebíamos muy caliente. De tan cargada que la hacíamos, la cuchara se nos quedaba parada. Entre la bibliografía que consultamos, había un libro que hablaba de una población búlgara donde la gente vivía hasta los ciento sesenta años. Entonces se nos ocurrió inventar el nombre de una familia —la familia Petkoff— donde sus miembros vivían muchos años. Creíamos que así —con nombre— todo sería más creíble. Fue nuestra perdición. Nadie nos creyó una sola línea. El invento nos desacreditó mucho. Ahí comprendimos con Borges que en la Argentina está afianzada para siempre la superstición de la bibliografía. Quisimos entonces inventar otra cosa para nosotros. Un cuento, por ejemplo, donde el tema era un nazi que tenía un jardín de infantes para niños, con el único fin de ir eliminándolos de a poco. (…) Fue el primer cuento de H. Bustos Domecq. Después vinieron, sí, los otros.”

De acuerdo con La Nación, un año después de la edición de Museo, en noviembre de 2003, se subastó en Londres la colección “más vasta y completa jamás antes ofrecida al mercado” de textos de Borges. Incluía “18 manuscritos, más de 120 primeras ediciones y varios objetos curiosos”. Entre ellos se encontraba el “panfleto”. La mención en singular, desde luego, suscita la pregunta por sus condiciones de circulación: ¿cuántos se imprimieron? ¿Llegaron a distribuirse? Según el investigador Daniel Martino, el folleto tuvo dos ediciones, ambas en 1935, y se repartió en lecherías. La primera de ellas habría contado con una cubierta ilustrada por Silvina Ocampo, mientras que la que figura en la antología sería la segunda. Lo cierto es que hasta ahora, en Internet sólo había una curiosa versión bilingüe del artículo completo, poblado de erratas y algunas omisiones. Nosotros transcribimos al pie de la letra la versión de Museo, quitando apenas unas mayúsculas inconsistentes —pero dejando las imprescindibles para el sostenimiento del tono publicitario.

Es probable que buena parte del interés de este texto descanse en su valor anecdótico y documental. Pero sería injusto negarle interés literario. No llamo, empero, a cometer el anacronismo de leerlo como literatura. Ni siquiera como mero chiste, diga lo que diga Bioy, y por más que resulte difícil contener la risa imaginando el desconcierto de la señora que entró a comprar leche y terminó conociendo la vida del médico que “aunque no fue a la guerra, estuvo en el tributo de vidas que dio la Humanidad para su fiesta horriblemente misteriosa”.

La literatura comparte con el género publicitario su carácter camaleónico: todo tipo de discurso puede fundirse en su crisol. Apenas si deben responder a una exigencia, que ignoro en el caso de la literatura, pero adivino en la del texto publicitario: persuadir.

El que copiaremos a continuación es, por tanto, un texto eminentemente argumentativo, en el que coexisten sobre todo la prosa filosófica-científica, la ensayística y la histórica. Ver a la literatura metida en todo esto (sentir esos chispazos típicos de la frase-látigo que bien podríamos llamar borgiana) es para nosotros, lectores ingenuos del siglo XXI, una suerte de revelación. Borges parasitaba —o directamente contrabandeaba— discursos y tópicos que no sobrevivieron a su obra, y que por lo tanto, hoy parecen haber sido inventados por él. ¿No es ésa la gran consumación de su proyecto?

Probablemente la bibliografía —no citada— de este trabajo no fuera tan remota como indica Bioy. Basta con remitirse al archivo de revistas argentinas para dar con un texto de 1916 titulado “El problema de la muerte según Elías Metchnikoff”, en el que un tal Dr. F. Wilson expresa: “Ha recomendado el sabio ruso, cuya muerte reciente enluta la ciencia, proveer en primer término a la corrección de la gran desarmonía que implica el intestino grueso con su abundante flora parasitaria y malsana, y después esperar, esperar impasibles, imperturbables, a que el sueño eterno nos acoja en su inmenso mar de olvido, de no ser. Para conseguirlo (…) hemos de suprimir los factores de nuestra intoxicación crónica, la fauna intestinal salvaje, reemplazándola por otra menos nociva, menos agresiva, como es la que prospera y coloniza a las mil maravillas en la leche agria: el yaohurt, por ejemplo. Metchnikoff, que hizo amplio uso de ella, alcanzó una provecta edad, y hubiera llegado sin duda al centenario, de no haberse inoculado —sublime sacrificio en aras de la ciencia— de fiebre recurrente.” Otro artículo de 1907, de título “Por qué envejecemos. El elixir de la vida” y firmado bajo el seudónimo de Homais, demuestra que ya entonces (un año antes del Nobel al científico ruso) estaba de moda la teoría de que “para evitar las afecciones como las enfermedades, para no envejecer rápidamente, es preciso desalojar las putrefacciones intestinales”. (Paréntesis: Actimel se ha valido de la imagen policíaca en varias ocasiones, cien años después). Y más adelante: “El ideal consistiría en confiar la desinfección a seres vivientes o, como se ha dicho, a una policía compuesta de buenos microbios (…). Son los fermentos lácticos, a los cuales la leyenda atribuye, no sin visos de verdad, el mérito del vigor y longevidad fenomenales de los búlgaros, quienes, como es sabido, se nutren casi exclusivamente de «yonghourt», es decir, de leche cuajada”. Luego una imagen mostraba a una fila de ancianos sentados, y en el epígrafe ponía: “Estos Matusalenes de 50 a 70 años, serían niños de pecho en Bulgaria”. La cosa trasciende las fronteras nacionales: “La leche cuajada, elíxir de larga vida” era el nombre de otro folleto informativo escrito por el Dr. Monteuuls que se promocionaba en una revista de Madrid de principios del siglo XX.

“El escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas”, escribió Barthes. Se ve claro: ni el laconismo quirúrgico, ni el alarde de erudición, ni la abundancia de nombres y de pueblos —el famoso enciclopedismo universalista—, ni las citas de filósofos o de la Biblia o de proverbios milenarios son, por derecho propio, borgianos. Ni siquiera lo es, increíblemente, la ratio que alimenta la argumentación. Pero empiezan a parecerlo cuando, todos juntos, se ponen al servicio de un texto dedicado a vender leche cuajada, cuando se entretejen con la reflexión existencial, el oxímoron, la ironía o el simple disparate (ni siquiera era necesaria la confesión de Bioy), cuando sustentan teorías gastro-poéticas (de una plasticidad, por cierto, casi convincente), cuando el “aparente” cientificismo degenera en esoterismo (también aparente). Y en verdad, tanto las reglas del género publicitario como las de la literatura consienten este zurcido libre. Si la estrategia de venta —la leche cuajada como el elixir de la vida— era ya un lugar común, no deja sorprender que en la biografía de 1935 el doctor aparezca tan sometido al capricho del destino y tan condenado a un final patético como cualquier personaje de la Historia universal de la infamia.

Creo que a esto se refería Bioy con lo de “la superstición de la bibliografía”. Parece hecho a medida de la crítica el relato de la creación de Bustos-Domecq (que es equivalente a decir, el ingreso definitivo a la literatura) como resultado de una imposición externa, social; como la irremediable aceptación de un límite caprichoso sobre cuya fragilidad se fundaría (ya se estaba fundando) buena parte de la literatura borgiana.

La Leche Cuajada de La Martona. Estudio dietético sobre las leches ácidas.

Elías Metchnikoff

Elías Metchnikoff nació en Ivanowca (Rusia) en 1845. Fue profesor de Zoología en Odesa en 1870. En 1890 entró al laboratorio de Pasteur, del que era subdirector en tiempo de su muerte. Conquistó celebridad universal por su teoría de la fagocitosis, que revolucionó la medicina, por su teoría de la vejez, según la cual esta última depende de causas fisiológicas y patógenas —intoxicaciones intestinales— y es, por lo tanto, evitable, por su fórmula para la preparación de la maravillosa LECHE CUAJADA que lleva su nombre. En 1908 obtuvo el premio Nobel.

Miembro de una familia perseguida por muertes anticipadas, vivió 85 años. Aunque no fue a la guerra, estuvo en el tributo de vidas que dio la Humanidad para su fiesta horriblemente misteriosa, del año 14. El grupo de sus discípulos se dispersó por el campo de batalla; para muchos de ellos fue como el Hades, sin retorno. Y su laboratorio, laboratorio de la vida, se convirtió en silenciosa y vacía antesala de la muerte. El corazón del sabio, atávicamente débil, se resintió. Elías Metchnikoff murió en el año 1916 en París.

Dejó las siguientes obras: “Leçons sur la pathologie comparée de l’inflammation” (París, 1892), “L’immunité dans les maladies infectieuses” (París, 1901), “La Vieillese” (París, 1903), “Études sur la Nature humaine: essai de philosophie optimiste” (París, 1903), “Quelques Remarques sur le lait aigré” (París, 1905), “Bacterotherapie, vaccination, sérothérapie”, en colaboración con otros médicos. En italiano, publicó: “Le Desarmonie della natura e il problema della morte” (Bibe. Gen. Di cultura, Milano, 1906); en alemán: “Beiträge zu einer optimistischen Weltanschauung”, de B. Michailoski (1908).

La Leche Cuajada

La LECHE CUAJADA limpia el organismo del hombre; adentro de él, ensancha su vida. Los mayores arcanos suelen estar a nuestro alrededor; también algunas maravillas; la costumbre excusa la conciencia, miramos sin ver y, lo que es peor, creyendo que nada queda por ver y vamos a lo remoto, menos inalcanzable que lo inmediato, en busca de esfinges y maravillas. El elixir de la larga vida, de los cuentos y de algunas débiles fallas de nuestra desesperanza, es por todos conocidos: la LECHE CUAJADA, alimento de Matusalén.

La tan frecuente putrefacción de los alimentos en el aparato digestivo causa intoxicaciones; las intoxicaciones, como un aluvión de la vida, están edificando nuestra muerte. Marfán ha escrito: “El tubo digestivo es una fuente permanente de intoxicación”. Rocasolano, el eminente químico aragonés, corrobora: “La muerte es un fenómeno de coagulación lenta de la albúmina, provocado por tóxicos”. Los medios alcalinos favorecen las putrefacciones; para contrarrestarlas convienen, por consiguiente, los medios ácidos. La formulación de esta verdad se debe a la ciencia moderna, pero empíricamente la conocieron muchos pueblos y muchos años. Desde las más remotas edades los hombres eligieron como acidificante la LECHE CUAJADA. Hay pruebas de ello en la Biblia. Cuando Abrahán, “sentado a la puerta de su tienda en el calor del día”, vio que tres hombres o tres ángeles se le acercaban, les ofreció LECHE CUAJADA. Dios mismo incluye entre los alimentos concedidos al pueblo de Israel, la LECHE CUAJADA. (Deuteronomio, capítulo 32, versículo 14).

No imaginemos, sin embargo, que se trata de un alimento relegado a los anaqueles de la Historia. A lo largo del tiempo la humanidad se ha mantenido fiel a este fiel defensor de su vida. Lo atestiguan los ejemplos siguientes.

La leche cuajada y la geografía

En Rusia, existen dos variedades: la prostokvasha, leche cruda espontáneamente cuajada y agriada, y el varenetz, leche hervida preparada con levadura.

El alimento fundamental de diversos pueblos de Sud África es la LECHE CUAJADA. Los Mpseni la ingieren casi solidificada. El Doctor Lima de Mossamedes (África Occidental) refiere que los indígenas de muchas regiones de Angola se alimentan casi exclusivamente con LECHE CUAJADA. El Doctor Nogueira confirma esa observación.

En Armenia se consume el Mazun, leche de sabor ligeramente ácido y con olor de queso. Es un fermento láctico débil.

Quien tiene salud tiene esperanza y quien tiene esperanza tiene todo —dicen los árabes, esos musculosos halcones del desierto, pero ellos tienen detrás de la esperanza algo que lucha por su salud: la LECHE CUAJADA.

El Lében raib de Egipto

Inmemorialmente se toma en Egipto este manjar preparado con leche de cebú, de vaca o de cabra. Hace siglos que lo preparan del mismo modo. Hervida la leche, se pone a enfriar en vasijas y cuando está a 40° se añade Lében viejo. En el verano el coágulo se forma a las seis horas; algo más tarde en invierno. Contiene un poco de alcohol; el sabor es muy agradable. Los Argelinos fabrican un Lében distinto del Egipcio.

El alimento estival de los Bretones

El gross-lait o leche gruesa es el alimento estival de los Bretones. A la leche recién ordeñada le agregan fermento y la agitan; a una temperatura de 25° la coagulación queda hecha a las 12 horas; entonces apartan la crema acumulada arriba y la destinan al consumo. Se trata de una leche gelatinosa, de sabor ligeramente agrio y con olor a crema fermentada. Como el kéfir, el lében tiene el inconveniente de estar preparada con fermento impuros

Un restaurador de la flora fisiológica

El bubeurre [sic] es un suero de manteca y que sufre, si antes no la esterilizaron, la fermentación láctica natural; en caso de haber sido esterilizada le añaden fermentos lácticos, hasta llegar al 7 por 1000 de ácido láctico. Contiene poca grasa. Con harina y azúcar sirve para preparar la sopa de babeurre.

Obra favorablemente en las afecciones gastrointestinales. Restaura la flora fisiológica y hace menguar y desaparecer los trastornos.

La cuajada criolla

Por regla general se prepara la cuajada criolla con elementos que hay en la flor del cardo: se obtiene así una cuajada alcalina y, con esto, la ausencia de todas las buenas cualidades que hacen a la LECHE CUAJADA implacable enemigo de las intoxicaciones intestinales…

El alimento de los grandes criadores de caballos

El Kumis es el alimento principal de los Kirghises, Tártaros y Kalmukos, grandes criadores de caballos. Se prepara con leche de yegua o de burra y se hace fermentar en pellejos u odres agregando kumis viejo y removiéndolos a puntapiés o colocándolos bajo la montura del caballo.

En dosis pequeñas es ligeramente laxante. En dosis grandes, astringente.

La bebida llamada bienestar

El Kefir ha sido durante siglos la bebida popular de los habitantes del Alto Cáucaso y de la Siberia. Su nombre deriva de una palabra que significa bienestar, aludiendo con ello a la sensación agradabilísima que produce. Una leyenda dice que es un don de los dioses.

Para su elaboración se emplean los granos de mijo o semilla de kefir, mijo del profeta, conservados por mucho tiempo en sitio fresco y seco. Al mezclarse con la leche de vaca recobran su actividad, parecen esponjitas, desprenden olor y se multiplican rápidamente.

A principios de siglo se pensó que beber kefir equivalía a tomar leche medio digerida: ahora esta opinión es insostenible. Los microbios lácticos del kefir impiden las putrefacciones intestinales. Sin embargo, estas no pueden combatirse con el kefir pues contiene alcohol. Además la absorción diaria de kefir es peligrosa porque las levaduras que lo producen se aclimatan en el tubo digestivo y pueden favorecer a algunos bacilos patógenos. Hayem prohíbe el kefir a las personas en cuyo estómago permanecen demasiado los alimentos. “Retenido en ese órgano, el kefir sigue fermentando y se desarrollan en él, así como en todo el contenido estomacal, fermentaciones butíricas que agravan los desórdenes digestivos”. Ya que la utilidad del kefir reside en la fermentación láctica, no en la alcohólica, conviene reemplazarlo por LECHE CUAJADA que no contiene alcohol.

Una leche a medio digerir

En la península Balcánica es muy popular otro alimento parecido: el Yoghurt.

Se esteriliza la leche. Cuando la temperatura baja a 35° se añade maya búlgara (mezcla de bacterias y levaduras). La coagulación tarda de 8 a 12 horas según las estaciones del año.

El Yoghurt es obra de una fermentación algo análoga a la digestión gástrica, que proporciona al aparato digestivo una leche a medio digerir.

Es un alimento completo, algo laxante, diurético, antipútrido. Puede tomarse puro o diluido en agua.

Con todo hay otras leches cuajadas cuya elaboración obedece a principios más racionales y que por consiguiente la aventajan. Aludimos a la LECHE CUAJADA según el procedimiento de Elías Metchnikoff. Antes de pasar a considerarla, conviene recordar a grandes rasgos algunos datos fundamentales para la comprensión de los misterios de la flora microbiana.

El hombre, país de microbios

El aire entra a la boca con la primera inspiración y con el primer grito; el aire trae millones de seres que hacen su habitación en el hombre y que perduran más allá de su muerte. Esa vertiginosa invasión no es forzosamente maléfica; de las bacterias innumerables que nos pueblan, algunas son hostiles al organismo, otras lo defienden. Entran por múltiples vías: por la piel, por el conducto auditivo externo, por las fosas nasales y, sobre todo, por la cavidad bucal, con los alimentos.

¿Podemos gobernar nuestros microbios?

El estudio de la flora intestinal de los niños establece que ésta varía según el régimen alimenticio. De ahí se desprende la posibilidad de una acción inteligente del hombre sobre su flora microbiana. Ya hemos indicado al principio que las putrefacciones intestinales son perpetuos enemigos de nuestra vida.

Nuestros aliados invisibles

Los microbios lácticos impiden esas putrefacciones. Conviene ingerirlos vivientes: encuentran materias azucaradas que los mantienen, continúan viviendo en los intestinos y producen ácido láctico.

El ácido láctico fue utilizado eficazmente por Hayem, Lesage, Marfan, Grundzach, Singer, Thaler, Schmitz, en el tratamiento de la diarrea verde de los niños, de las fiebres gástricas, de las tifoideas, de las enteritis tuberculosas, de la diabetes, de la difteria, de las úlceras, del lupus, del cáncer, de otras neopláceas malignas y de la infección puerperal.

Sistema Metchnikoff

Ahora se prefiere en general dar el ácido láctico en fermentos y en especial con el bacilo búlgaro y con el paraláctico.

El bacilo búlgaro se caracteriza por su gran poder acidificante (hasta 25 y 30 gramos por litro de leche), es el fermento láctico de mayor potencia. Belenowsky ha llegado a la conclusión de que el bacilo búlgaro vivo mantiene en buen estado los intestinos.

Sin embargo el bacilo búlgaro ofrece el peligro de producir ácido bútrico. Este riesgo se anula mediante el bacilo paraláctico o estreptobacilo, que no se encuentra en el Yoghurt y sí en la LECHE CUAJADA METCHNIKOFF. El bacilo paraláctico de a la leche un sabor más grato y no ataca a las grasas.

Los análisis realizados por Fouard en el Instituto Pasteur, confirman las buenas cualidades de la LECHE CUAJADA preparada con cultivos puros de bacterias lácticas. Lo anterior evidencia la superioridad de la LECHE CUAJADA por el procedimiento de Metchnikoff sobre todas las otras.

El caso perdido del acidófilo

Hace algunos años estuvo en boga en los Estados Unidos la leche acidófila.

Se había comprobado la acción benéfica del acidófilo en el aparato digestivo de los niños. Ciertos facultativos lo incluyeron en el tratamiento de los adultos. Se argumentó que, a diferencia de los bacilos búlgaro y paraláctico, bastaba ingerirlo unas pocas veces para que perdurara en el organismo. Ese aparente mérito comporta, en realidad, una desventaja, ya que las leches fermentadas pueden llegar a producir acidez. En el caso de la LECHE CUAJADA por el sistema de Metchnikoff basta suspender por unos días el tratamiento; en el de la leche acidófila, hay que resignarse a un largo período de trastornos agravado por la aclimatación del acidófilo en el estómago.

Vuelta a Matusalén

El término medio de la vida del hombre varía según el régimen alimenticio, asombrosamente. La crencia general de que los antiguos vivían más que nosotros es del todo infundada. En el siglo XI el promedio era de 20 años (los hombres eran más pequeños también: las armaduras medioevales que se conservan, nos quedarían chicas). En el siglo XVII el promedio ascendió a 26 años, a 34 en el XVIII, a 45 a fines del XIX.

No sólo hay diferencias cronológicas; las hay también geográficas. Los centenarios abundan en Bulgaria, donde la LECHE CUAJADA constituye el alimento esencial; en el 1896 había cinco mil. Es clásico el ejemplo de los Petkof, once hermanos que rebasaron todos los 100 años, excepción hecha de María Petkof, que murió a los 91.

En Francia se registran, entre muchos otros, los casos de María Priou que murió en 1837 a la edad de 158 años, y de Ambrosio Jante que murió en 1751 a la edad de 111. El alimento principal de los dos era LECHE CUAJADA, pan de centeno, queso y agua.

Otro longevo memorable, George Bernard Shaw, piensa que el promedio vital debe ascender a 300 años y que si la humanidad no alcanza esa cifra, “nunca llegaremos a adultos y moriremos puerilmente a los 80 años, con un palo de golf en la mano”.

Como debe tomarse la Leche Cuajada

Los griegos tomaban la LECHE CUAJADA con miel de himeto. La miel sigue siendo el mejor complemento de la CUAJADA. Pero, en términos generales, podemos decir que conviene tomarla con sustancias azucaradas pues el azúcar, en el aparato digestivo, se convierte en ácido láctico. Acompañándola unas veces con jaleas, otras con dulces, compotas de ciruelas, duraznos, se evitará la fatiga del paladar.

Se la puede ingerir con el almuerzo, a la hora del té o de la comida; también como desayuno pero conviene señalar que, así, es mal tolerada por algunas personas que a otras horas la digieren con suma facilidad.

Dosis

Puede empezar por tomarse 3 cuajadas por día; así se logrará infectar al organismo con los bacilos búlgaro y paraláctico, que es lo que se busca. Luego la ración diaria podría rebajarse a dos cuajadas.

En los casos de intolerancia, muy raros por otra parte, habrá que seguir el método inverso: tomar una cuajada, o media si fuera necesario, durante los primeros días; luego ir aumentando la dosis, hasta llegar a 3; finalmente, estabilizarla en 2 cuajadas diarias.

Recetas

Pan de maíz con leche cuajada

  • 2 tazas de leche cuajada
  • 2 tazas de harina de maíz
  • 2 cucharadas de manteca
  • 1 1/2 cucharaditas de sal
  • 2 cucharadas de miel
  • 2 huevos
  • 1 cucharadita de soda

Pásense por el tamiz los ingredientes secos. Agréguese leche cuajada y huevos batidos, cocínese durante 50 minutos en un horno de calor moderado.

Pan moreno

  • 1 taza de leche cuajada
  • 1 taza de leche fresca
  • 2 tazas de harina integral
  • 1/2 taza de harina blanca
  • 1/2 taza de harina de maíz
  • 1/2 taza de miel

Tamizar los ingredientes secos, mezclarlos con la leche. Cocer el todo en una cacerola untada con manteca, en horno de calor moderado.

Bollitos de harina de maíz

  • 1 1/2 taza de leche cuajada
  • 1 taza de harina de maíz
  • 1 taza de harina de trigo
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharada de miel
  • 3/4 cucharada de soda
  • 2 huevos
  • 1 cucharada de miel
  • 1 cucharada de manteca

Tamícense los ingredientes secos, agrégueseles huevos batidos, leche, manteca derretida. Cocínese en una cacerola bien untada con manteca, durante 15 minutos.

Pasteles de arroz

  • 2 tazas de leche cuajada
  • 2 huevos
  • 1 taza de arroz hervido
  • 1 taza de harina de maíz
  • 1 cucharadita de manteca derretida
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de soda

Batir los huevos, añadir y mezclar los demás componentes, cocer en horno moderado.

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