Lanzamientos Reseñas 

¿Volvieron?

En 1908 el acomodaticio Melville Bagley, condescendiente con los poderosos a tal punto que había bautizado a uno de sus productos con el nombre del jefe histórico de la burguesía (las galletitas Mitre) y hacía figurar a Sarmiento en los avisos de Hesperidina, impregnado de los aires aristocráticos y afectación francesa de la clase dirigente, aunque él mismo no formara parte de ella, creó como homenaje a ese gran monumento a la estética liberal que acababa de inaugurarse en la calle Cerrito, el nuevo Teatro Colón, unas obleas (del francés oublée) a las que llamó Ópera. No sería el único producto de nombre europeizante, aunque sí el primero: más tarde llegarían las “Maitre D’Hotel”, las “Matinée”, las “Petit Beurre”. Bagley era el brazo galletitero de la alta cultura. Y se encargaba de hacerlo explícito.

1929

Un aviso publicitario de la década del 20 decía: “Liviana como la espuma, pura como el amor de la madre, dulce como el beso de un niño, refrescante como la lluvia en secos campos, la Galletita Ópera es la tradicional compañera de las tradicionales fiestas de la estación. En millares de hogares aristocráticos, se sirve, inevitablemente, con champagne, vinos generosos o helados. Ricas cremas de jugos naturales de frutas, ‘ensandwichadas’ entre finas hojas de masa tostada, y que dejan percibir al paladar la más deliciosa de las sensaciones, hacen que las galletitas ÓPERA Bagley sean insustituibles en las reuniones sociales de la temporada”. (De paso, verificamos que el talento literario de los publicistas nunca ha sido, ni entonces ni ahora, muy conspicuo). Y otra decía: “Donde impera el buen gusto, el Te es servido con las exquisitas galletitas Bagley” (las mayúsculas corresponden al original).

1937

La palabra “champagne” es clave. Elemento del ideario señorial, lejos por el momento de la pizza y los tapados de piel, daría el nombre a la oblea rellena de la competencia histórica de Bagley, desde 1911: Terrabusi. Tal vez había algo de pretenciosidad mal disimulada en la elección (a fin de cuentas, los Terrabusi eran parte de la masa migratoria que los amigos de Melville Bagley miraban con horror), pero una vez dejadas atrás las ínfulas ochocentistas (y Bagley lo hizo, porque perseguía la masividad), eso dejaría de importar. Terrabusi vendió obleas rellenas desde los años 30, como parte integrante del conjunto mayor de las Bodas de Oro. Cuándo se independizaron las obleas, y adquirieron el nombre de Champagne, es algo que desconocemos, pero estimamos que datan de finales de los años 70. En cualquier caso, esta noble raza de galletitas, que alcanzaría su apogeo en los 80 cuando un baño de chocolate las promoviera a golosina (Tubby, Graffiti, y el antecedente de la Canadiense), se precipitó violentamente por un despeñadero tan pronto como Bagley se vendió a Danone y Terrabusi a Nabisco, en la década del 90.

1970

No sólo su calidad y su tamaño se vio afectado, sino que las trece variedades de Ópera que Bagley proclamaba en 1924 (vainilla, limón, menta, frambuesa, ciruelas, cerezas, anís, chocolate, ananás, coco, chocolate con coco, frutilla y naranja), se redujeron a una sola —la de crema— en esta última década. Ahora el relanzamiento de las Champagne, directamente discontinuadas en 2004, y la réplica anticipada de Bagley y sus Ópera Remix (aparecidas en junio de este año), abre un nuevo campo de batalla para los marionetistas detrás de estas marcas títere: Arcor (que es a Bagley lo que Estados Unidos a Argentina) y Mondelez (que es a Champagne lo que Estados Unidos a Brasil, o Chile, o al país tercermundista que más agrade al lector). E inducen a Catador de alfajores a efectuar una breve reseña del estado de la cuestión obleística en la República Argentina.

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El estado de la cuestión obleística en la República Argentina es malo; sobreabunda la oferta y escasea el mérito. Ninguna marca, por primera, tercera o quinta que sea, le hace asco al rubro. Aunque vale subrayar la bravuconada simbólica de las galletitas que, a falta de “misa ricotera”, dieron en llamarse Recital, o sea, la forma plebeya de oír música, la antítesis sudorosa y de dorapa de la experiencia monocular de la ópera.

Zupay

En cualquier caso, tanto a las Recital como a las Sinfonía, las Bauducco, Zupay, Oblita y un largo etcétera, pareciera animarlas un mismo propósito: poner a prueba los límites de la física, coquetear con las dos dimensiones; cabría esperar que al girarlas, las obleas se redujeran a una simple línea. Es una búsqueda minimalista de un grado de competitividad difícil de encontrar en pasarelas parisinas: se trata de medir quién hace más con menos, quién es capaz de producir ex nihilo un paquete de obleas.

Sabemos, y esto vale para todas las golosinas, que el vínculo establecido entre el gusto del limón o la frutilla y el de la crema de limón o de frutilla no es más que un vínculo convencional: simplemente se instituyó que la representación de la frutilla en el mundo de las cremas industriales sería rosa chillón y tendría ese aroma y sabor particular, pero fue una decisión del todo arbitraria. El caso paradigmático de representación convencional es el de los Sugus de ananá; no sólo es inmotivado el sabor, sino también el color del envoltorio: azul (¿?).

Arcor también coquetea, pero con la indignidad: en ese espacio que se abre entre lo indigno y lo delictivo. Una galletita hecha a desgano, por compromiso, en el que la fealdad e indeterminación del paquete se condice con su contenido. Sabe a hostia, y a no ser para oficiar una misa, no sirve para nada.

Entonces, si ya por definición las cremas son artificio puro, es natural que cuando una tercera marca decide incursionar en su elaboración el resultado sea lisa y llanamente sórdido, y que el abanico de matices se reduzca considerablemente, hasta hacerse indiferenciable el sabor de la crema de chocolate del de la crema de limón y del de cualquier otra que la mente enfermiza de un loco del marketing pueda concebir. El fabricante apela (la sugestión empieza en el paquete, con la extraña fotografía de una frutilla de verdad) a la imaginación y buena voluntad del consumidor: éste deberá reponer el sabor íntegro de la crema.

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¿Y qué hay de las Champagne? Un grupo de Facebook pedía por su reaparición desde 2011. Y Mondelez los consintió. Pese a que la larga sucesión de decepciones producida por el retorno del Suchard, de las Tentaciones, del Graffiti, de las Kesbún, etc. etc. invitaba a, como mínimo, sospechar, ni aun así se pudo contener la fiebre de los relanzamientos, hermosa mientras dura como toda expectativa.

Pero duró poco. Una vez más los relanzamientos sólo sirven para ponernos fatalistas y recordar “cuán presto se va el placer; cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor“. Porque las nuevas Champagne son cualquier cosa, y no hay discusión posible. Sus creadores ni siquiera tuvieron la delicadeza de mantener las tres capas originales; ahora son dos penosas obleas, demasiado gruesas para la mezquindad del relleno, que se confunden en un murmullo insípido comparable al de las Recital (sin menoscabo de éstas, que no niegan su enraizamiento popular como las carísimas nuevas Champagne).

Y es que por medio de la colonización de nuestras galletitas históricas, la fase superior del capitalismo —el imperialismo— encarnado en Mondelez, que en nada teme abusar de la nostalgia de los consumidores si eso le garantiza ventas, ventas, ventas, no ha hecho más que causar estragos en el mercado nacional. Y sin una pizca de compasión, profanando las cosas más sagradas, mancillando la memoria de las obleas más queridas, degradándolo todo a su paso.

Comparación. Abajo: Ópera Remix. Arriba: Champagne.

Queda el consuelo de las Ópera Remix, osadamente cuadradas pero triples, que por su notable diseño arrasan con toda posible competencia, incluyendo las lamentables Champagne. La robustez que le proporciona esa apuesta por la verticalidad repercute en su consistencia, la única que permite distinguir la cremosidad del relleno de la crocantez de las obleas, y explotar eficazmente la relación entre la acidez de la crema de limón (supuestamente “naranja”, según el envoltorio) y la dulzura de las dos capas de frutilla.

Tanto en su variedad clásica, como la de pasta de Bon o Bon, como la símil Champagne, realzan la categoría, la salvan de su ordinariez general. Se ve que en la trama de su relieve que es su señal de identidad, pervive el recuerdo de un pasado noble.

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