Reseñas 

Satisfacshon

Hago que sí con la cabeza, en señal de aprobación. Estoy solo, pero de todas formas emito un mmm audible, a tal punto la publicidad penetró en mi vida. Sin embargo, la satisfacción es real: más real, al menos, que mi afectación. Y pienso…

¿Cómo se construye un buen alfajor? ¿Cuáles son sus cimientos? ¿De dónde se parte? Se parte, me respondo, de una buena cobertura. Partid de una buena cobertura, hijos míos, y obtendrán lo que buscan. El Águila, pues, acata la ley primera.

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70 gramos, 322 calorías.

Lo pruebo: qué distinto cuando el chocolate libera su gustito al instante. Si, en cambio, se contuviera unos segundos, si obligara a la lengua a palpar la nada, el sinsabor, el alfajor entero se desmoronaría. La cobertura debe, antes que nada, envolver al resto de los componentes.

Decía, entonces, que el Águila empieza por ahí, por estar cubierto de un muy buen chocolate blanco. Es verdad que despide un olor a vainilla muy exagerado; tal vez sea el único desequilibrio de todo el alfajor.

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Luego desarrolla sus virtudes habituales: justa proporción de sus ingredientes; galleta húmeda, compacta y colaborativa; rellenos discretos pero bien complementados. Nada invade: todo aparece en el momento justo, deleita y pasa, con corrección burguesa.

Algo de su masa no me termina de convencer, sin embargo. No es su consistencia, ciertamente. Tampoco su sabor neutro, casi salado. Es, me parece, otra vez la vainilla excesiva, un sabor que domina al alfajor entero sin llegar a arruinarlo –lejos de eso– pero sí empeorándolo un poco.

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Después, el dulce de leche, que es de lo más discutible. Lo que más me irrita del Águila es su modo de desdeñar al dulce de leche. Porque es verdad: el alfajor no pide una capa más abundante. Así está bien. Pero ¿por qué es tan rígido, pegajoso, tan similar al caramelo? Y tiene ese gusto pesado que yo no llamaría malo, pero que personalmente repudio. Me da bronca, habría que decir, que con un dulce de leche así igualmente el alfajor esté tan bueno.

Cobertura, galleta, dulce de leche, galleta y… mousse de vainilla. Un recurso que a priori hubiera condenado pero que, aplicado de este modo, se vuelve intachable. No es un mousse particularmente interesante; sabe a vainilla, con un toque de limón, y no mucho más. Pero su textura es buena, muy suave, y, sobre todo, es excelente el contraste que establece con la capa pesada de dulce de leche. Como tal, de forma aislada, pasaría sin pena ni gloria, pero en contexto funciona bárbaro.

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Y luego, una gran curiosidad: la última tapa, la que separa al relleno de la cobertura, es dura, como la de un alfajor de mousse. O sea que el Águila conjuga dos paradigmas: es tres cuartos alfajor blando y un cuarto alfajor duro, lo cual nos demuestra, una vez más, la gran capacidad de Bagley (que es el fabricante) para jugar con texturas y contrastes. Me doy por satisfecho.

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