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¿Para qué me compré un alfajor Carrefour y decidí reseñarlo cuando ya sabía que el final no iba a ser feliz? Me lo encontré por azar en uno de estos supermercados, y como no sabía que existía, y ahora llevo adelante este blog, me pareció que sería interesante sumarlo a lista. Pero qué necesidad, viejo. En fin.

Datos técnicos: su precio es apenas menor al de un Terrabusi, y mayor al de un Guaymallén. Demasiado caro. Pesa 55 gramos, como la mayoría de los alfajores dobles negros, y aporta 204 calorías.

El alfajor Carrefour es exactamente lo que uno cree que va a ser: un producto de tercera línea, barato, de mala calidad, pero comible, al fin y al cabo. De más está decir que no hay nada de originalidad en él, ni siquiera por casualidad. Es un agravio al género, un producto que no merece el santo mote de “alfajor”, etcétera. Lo que cabía esperar, en definitiva, aunque en el fondo de mi alma ingenua abrigara la ilusión de encontrarme con una sorpresa.

De vuelta: es un alfajor mediocre, con pocas luces, y ya. No es que por alguna característica, por negativa o asquerosa que sea, llama la atención. Ojalá, pero no. Simplemente es malo: fue hecho sin amor y sin aspiraciones y éste fue el resultado.

Lo único que genera un pequeño placer es el dulce de leche. Lo único digno. Pero por su cantidad, cercana a la del promedio, quizá apenas por debajo, vendría a ser un charquito, cuando sólo un oasis podría haber salvado al consumidor de la desolación absoluta.

Me gusta la metáfora del desierto, porque esa misma idea de sequedad transmiten la galletita y el baño de repostería. Pocos alfajores son tan secos como éste. Es una galletita del montón, con sabor a nada, pero en proporciones extraordinarias. Nos recuerda a la arena. ¿Y qué decir de esta cobertura grasosa? Todavía peor, aunque su aroma, semejante al del Jorgito, engañara un poco. Sabe (si puede hablarse de “sabor”) a decadencia, a una indiferencia total por las cosas lindas o ricas de la vida. Sólo en una cosa supera a la de un Guaymallén, y no es menor: no deja el paladar patinoso, aunque sí se acumula en las muelas del mismo modo desagradable. Algo es algo.

Tienen calor y ante esta situación —dice un hermosísimo tema—, uno se aferra al dulce de leche como a Abraham. Que nos guíe a través de la ardua travesía del alfajor Carrefour.