Reseñas 

Horror y placer

Me encantó y me fascinó el alfajor de La Goulue, relleno de dulce de leche y vino malbec, cubierto según dicen de chocolate belga, fabricado en Ciudad Jardín por una regia pyme (su historia pueden conocerla acá). Pero, hay que aclarar, se asemeja más a una obra de arte que a un alfajor. Como alfajor, ni siquiera estoy seguro de que sea bueno. Como obra de arte tiene lo suyo.

Desprevenido, creí al comienzo que el alfajor de La Goulue (pronúnciese guturalmente laguggglú, en francés) se incluía dentro de la nueva categoría de los “alfajores con corazón”, en la que el “corazón” propiamente dicho (generalmente de mermelada, o de jalea de cerveza, por ejemplo) hace su aparición en la mitad de la experiencia, cumpliendo un rol considerable pero no imprescindible para el sostenimiento de la totalidad: su supresión no haría desmoronar el edificio. En este caso es al revés. El alfajor no es más que un vehículo, una condición de posibilidad —literalmente, la estructura sólida requerida para transportar lo líquido; el envase de la botella—.Y como tal, sus detalles no revisten ninguna importancia: el chocolate, aunque rico, no destaca por ningún motivo (si es belga o no, apenas interesa, salvo para alimentar la farsa). El dulce de leche, lo mismo. La galleta no podría ser más trivial. El envoltorio es genérico. Lo que interesa es lo que no se ve: el jarabe espeso de vino malbec, que ocupa casi el 90% del espacio disponible.

Asoma el jarabe. Es un momento de transición

Generar unas falsas expectativas en el consumidor, e introducir en un marco tan vulgar una perturbación tan ominosa es, entonces, el giro conceptual que justifica la obra. Desde la cena de Eraserhead en la que en un muslo de pollo empieza a agitarse y a secretar una brea negra y viscosa, es conocida la eficacia de lo chorreante, entendida como una manifestación de lo onírico desatado que tanto sedujo al surrealismo (los relojes de Dalí también chorrean). Hice la prueba de dejar el alfajor partido a la mitad durante unos minutos. Cuando volví, la sustancia se había derramado por toda la mesa. Estaba endurecida, fosilizada.

Pollock, J. (1950). La Goulue Rhythm. MALBA, Buenos Aires.

Sólo tangencialmente importa que se trate de un alfajor, aunque la elección del objeto —por lo cotidiano y luminoso de su especie: ¿quién sospecharía de un alfajor?— me parece acertadísima. Lo fundamental es que conserva la apariencia convencional de alfajor hasta el momento de la mordida. Aun es posible —si se es de mordida tímida— dilatar un momento el desengaño. Que, fatalmente, llega: como la súbita apertura de un abismo hacia otra dimensión; como una emanación inopinada de mercurio; como una hoja aparente que al sentir el roce despliega unos piecitos y se larga a caminar, la hemorragia desvanece de inmediato la primera ilusión; la materia se vuelve indisciplinable, y el alfajor se desintegra.

Que el sabor de la reducción de vino (no tiene alcohol, pero eso importa poco: se trata de una mise-en-scène) sea apenas dulce; que tenga sobre todo sabor a vino, con su acidez particular un poco chocante (el paladar no viene configurado para disfrutar del vino; con el alfajor de La Goulue, recordamos la impresión cáustica del primer vino que intentamos tomar), es el segundo y definitivo acierto.

En efecto, lo que completa la experiencia estética es el deseo morboso de seguir comiendo; de prolongar el extrañamiento; de comer algo que no parece comestible, algo más bien que parece vivo (y a Venom, por cierto), algo informe. Y si la decisión de no hacer un alfajor deliberadamente rico (cosa que hubiera sido muy sencilla; bastaba con apelar al recurso constructivo básico de la industria de la golosina: agregar azúcar a lo pavote) es loable —por cuanto impide el anestesiamiento de los sentidos, los mantiene alerta— todavía lo es más la de no hacerlo feo, tentación que un vanguardista no hubiera podido resistir. Un solo alfajor, un solo La Goulue, hubiera sido un gesto escandoloso —de aquí la necesidad de ser feo— digno de la vanguardia. Muchos alfajores, una producción serializada, son la parodia del acto disruptivo, y nos obligan a hablar de pos-vanguardismo.

El hecho de lograr que, en última instancia y por los retorcidos motivos que sea, dé placer comerlo, aleja la distinción anticuada entre arte inútil y vida utilitaria (ya sea en pos de refrendarla o de criticarla) para postular una visión mucho más pop. No sería un demérito que La Goulue tuviera éxito comercial. Al contrario. Ojalá así sea.

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