Reseñas 

Exotismo paraguayo

Tal vez por primera vez en la historia, la Argentina ha perdido su lugar a la vanguardia de la experimentación alfajorera, y ha sido a manos de sus vecinos latinoamericanos. La Patria Grande alfajorera —con que San Martín soñó— es la realidad efectiva que debemos, en buena medida, al éxito continental de Havanna, Arcor y Mondelez. No porque el alfajor haya sido desde su origen un dulce con sello argentino, sino porque la variedad que triunfó en América fue la marplatense, y por lo tanto, todas las variaciones se ejecutan hoy sobre este modelo, resultado de la consolidación de los marplatenses como el paradigma hegemónico del alfajor.

No obstante, el peso de la tradición impregna de conservadurismo a los productores nacionales, reticentes en su gran mayoría a la innovación. El resto de la América, en cambio, libre de estas ataduras, las naciones jóvenes que incorporan con entusiasmo al alfajor a su repertorio de postres, no dudan en usufructuar la elasticidad que —aunque pocos lo noten— yace en la base del alfajor desde sus tiempos coloniales.

Alfajor de nutela de Dulce Manjar

Si la galleta y el baño son, dentro del prototipo marplatense-latinoamericano, constantes, el lugar designado para el componente idiosincrásico del alfajor es el relleno, núcleo variable capacitado para, llegado el caso, irradiar su poder transformador hacia las capas externas. Tal es la dirección que imprime a las palpitaciones: de adentro hacia afuera. De modo que los afanes, el espíritu, las ideologías se filtran a través del relleno. Y hay pocos rellenos más ideológicos, más delatores de una cultura, de un gusto, que el Nutella. Producido imaginariamente en Italia, el que se distribuye por el Tercer Mundo se elabora en Brasil (gran factoría de facsímiles), y es uno de esos trofeos que, hasta que empezó a venderse en los supermercados, los habitantes del free shop lucían con orgullo. Su enemistad, más simbólica que comercial, con el dulce de leche, obliga en Argentina a tomar a partido. Y ya se sabe quién dirige la batuta.

Pero más allá de estas comarcas, allí donde el dulce de leche toma nombres y apariencias extrañas del estilo de manjar, o arequipe, o confiture de lait, el Nutella recupera adeptos y ocupa los huecos operativos que en nuestro país se le reservan exclusivamente al dulce: como contenido de facturas de panadería, como postre absoluto para comer del frasco parado frente a la heladera, de modo frenético y culposo, como aderezo de tostadas, y como relleno de alfajor… Y es que en efecto, en Paraguay se ha instituido un género nuevo llamado alfajor de nutela (con minúsculas y, si miramos con atención, sin la doble ele italiana, vulgarizado el vocablo, asimilado, despojado de su calidad de marca registrada), por iniciativa de dos de las empresas más pujantes del país en materia alfajorera, Tatakuá y Dulce Manjar. En ambos casos, la variedad de nutella representa cerca de la mitad de las ventas.

Alfajor de coco y chocolate blanco, de La Marsellesa

Otra muestra de la permeabilidad paraguaya a las tendencias regionales la constituye el magnífico alfajor de coco y chocolate blanco de La Marsellesa (cuyos productos ya hemos reseñado aquí), creación sublime de arquitectura sutil (tan sutil que hace parecer delicado algo más bien embrutecedor como el coco) o el de brigadeiro —trufa de leche condensada y grana de chocolate—, que denuncia la influencia del violento paladar brasilero en el mercado hispanoamericano. Más interesante todavía es el caso del alfajor de maní ku’i —dulce de maní y miel de caña—, de raíces precolombinas, que produce Dulce Manjar, o el de dulce de guayaba, fruto americano y tropical por excelencia.

Alfajor de Brigadeiro, La Marsellesa

A contrapelo de estas variedades que nombramos, de origen más o menos fijo, rastreable en el mapa, el alfajor de nutela es un producto desterritorializado, hijo de la globalización antes que del telurismo. Tal vez por eso reviste ese carácter informe, casi monstruoso, del sincretismo en su primer momento. No es que el alfajor de nutela no merezca nuestra aprobación, incluso nuestra devoción, pero habrá de ser una devoción rastrera la que le deparemos, más infernal que divina; más como la libido que excita el Vauquita que el recogimiento contemplativo que convoca el Havanna. (Aunque los extremos se tocan). Un alfajor rebosante en testosterona, un adolescente expansivo.

Alfajor de nutela de Dulce Manjar

Y hablo de un alfajor genérico de nutela porque el fabricado por Tatakuá se ciñe a unos mismos principios. Básicamente, una galleta de cacao compuesta por cantidades ominosas de manteca, una especie de Oreo sin la sequedad industrial que le extirpa la capacidad de hollar con su secreción (¿de qué, exactamente?; mejor no saber) el papel en el que se asienta. (Nos referimos a esa reacción típica de los bizcochitos de grasa sobre la servilleta, como una efervescencia de posesión diabólica).

Alfajor Tatakuá de nutela

El efecto es, en ambos casos, también el mismo, a saber: a medida que el nutella y la galleta mantecosa ganan el paladar, un hormigueo subrepticio va apoderándose de la frente y las sienes, y un sobrecalentamiento en toda la zona facial, como un estado de embriaguez o quizá un principio de accidente cerebrovascular, genera la impresión de que pequeños granitos de grasa están brotando en toda la piel. Esto, en la primera degustación. En la segunda no sabemos. Pese a la viva y contradictoria sensación de goce, un móvil misterioso (tal vez cierto instinto de supervivencia) nos impidió continuar.

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