Entrevistas 

El hombre que se tatuó a Jorgito

Los tatuajes encarnan el ideal de lo eterno. Dentro de la totalidad en que se inscriben —una vida humana— son infinitos. No hay mayor concesión, para un mortal, que la que se le hace a la cosa tatuada. Es entregarle la existencia, tanto terrenal como celestial, desde que, como ya informó la Biblia, la carne tiene tanto derecho a resucitar como el alma.

Un catálogo de cosas tatuables daría cuenta de la espiritualidad de una sociedad dada: en la nuestra, la vieja es, sin duda, sacra (véase el pectoral izquierdo de Romagnoli); los Redonditos de Ricota, por lo que se ve, también son sagrados; esa frase de autoayuda en idioma chino mandarín —según afirmó el tatuador—, también parece ser sagrada. ¿Un alfajor es sagrado?

El Capitán del Espacio sí, como se sabe. En Internet circulan centenares de astronautas tatuados (un ejemplo). Pero el del Capitán del Espacio es un fenómeno cultural que excede los límites de un producto de consumo masivo común y corriente. Se mezclan factores sociales que complejizan la cuestión. Es un caso único en el mundo.

En cambio, eludiendo el cliché, Martín Tarrab se tatuó al niño andrógino que desde siempre ha representado a Jorgito (¿él mismo es Jorgito? Ya dedicaremos un largo artículo a analizar esta cuestión). Martín Tarrab: un joven de 26 años que trabaja como analista de datos en una agencia de publicidad y vive en Caballito. Lo que no es un dato menor. A su manera, Jorgito es a los porteños lo que el Capitán del Espacio es a los habitantes de Quilmes. Nació en la década del 50 y hasta 1994, su fábrica estuvo ahí mismo, en Caballito; luego se mudó a Boedo. La gran diferencia es que nadie está orgulloso de ser porteño (nadie hace gala, al menos) y que a Jorgito no le importó cimentar ningún mito. Pero, en lo demás, ambas marcas establecieron con su consumidor un vínculo análogo, que hunde sus raíces en la infancia o, a más tardar, en la preadolescencia:

—Mis primeros recuerdos con Jorgito son en los recreos de la secundaria. Después de haber pasado campamentos y días de colonia comiendo Guaymallén, ya en la secundaria podía elegir mi propio alfajor y no lo dudaba dos veces: siempre al Jorgito negro, sin titubear, a lo seguro. Los acompañaba con un vaso de coca, aunque podía variar el maridaje con café o mate. Lo único que no se negociaba era el Jorgito.

Para Martín, Jorgito simboliza la emancipación, el pasaje hacia la libertad. Por eso no pertenece —tan sólo— a su pasado, sino que se proyecta sobre su presente: come Jorgito día por medio (“Aunque hay veces que no resisto y meto dos días seguidos, o incluso más de uno por dia”) y, desde septiembre de 2017, la marca forma parte de su anatomía. Martín recuerda claramente el instante epifánico en que tomó la decisión:

—Una tarde de sábado estaba tirado en la cama haciendo zapping y ya entrada la tanda publicitaria comienza el comercial de Jorgito. No sé bien por qué, pero le presté una especial atención a lo que estaba viendo, y cuando vi el logo dije: “Qué buen logo”. Ahí ya había tomado la decisión de tatuármelo. Por las dudas esperé una semana para pensarlo bien, no quería que fuera una calentura del momento y después arrepentirme. Por suerte, cada día que pasaba iba ratificando mi posición. Hasta que no me hizo falta pensarlo más, saqué turno con un tatuador y perpetué al Jorgito en el antebrazo izquierdo.

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